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Una niña, un abuelo, un tren y una lección de marketing

Subir a las cinco y veinte de la tarde a un tren en Barcelona para dirigirte al extrarradio es todo una aventura por mucho que sea un acto rutinario y cotidiano. Por mucha frecuencia de trenes que aumente, creo que no es precisamente este nuestro caso, siempre hay gente, mucha gente, para montarse en ellos. Trabajadores de vuelta a casa, riadas de niños pre-adolescentes que entran al tren como un ciclón arrasando allá por donde pasan y que me hacen pensar en que razón tienen los Love of Lesbian cuando cantan eso de “los niños en manada vaya hijos de puta” y pienso en sus benditas madres, que Dios las tenga en la gloria, y pienso o, más bien, intento recordar cuando yo era así, si es que algún día fui así y al final acabo empatizando con ellos mientras observo en la distancia sus pavoneos amorosos. Los intentos furtivos de unos niños todavía muy niños para unas niñas que a pesar de tener su misma edad son bastante más adultas.

Y mientras se me acaba la batería del teléfono que me aislara del mundo 4G por algún tiempo (¡aleluya!) decido ponerme hacer mi estudio de mercado particular y observo tendencias de ropa, calzado, diferencias de vestimenta dependiendo de la estación donde para el tren e intento recordar como eran nuestros viajes cuando no teníamos smartphones, tablets, ebooks y similares mientras observo una riada humana “mirando al suelo”.

Continuando con mi ronda de chafarderismo de vagón de tren doy en la cuenta que enfrente mío, voy de pie que creo que no lo he dicho antes, un abuelo y su nieta. Una preciosa niña de la edad de Max, lo que me hace fijarme en ella de forma especial, de esa forma especial que los padres, sobretodo primerizos, miramos a todos los niños que tienen la misma edad que el nuestro. La niña llora nerviosa y desconsolada mientras el abuelo hace intentos vanos por tranquilizarla.

Por la actitud de la niña y el nerviosismo del abuelo creo adivinar que hoy alguien, quien lo suela hacer diariamente, no ha podido ir a recoger en coche a la niña y el abuelo, ¡que sería de nosotros sin los abuelos!, ha tenido que ir a recoger a la pequeña, en tren, a la escuela. Por la actitud nerviosa de los dos se denota que no están cómodos, como el comercial o el director de marketing que se enfrenta a una visita o una exposición ante un cliente potencial o un foro hasta la fecha desconocido. El abuelo intenta “razonar” (primer error) con la pequeña a base de buenas palabras e intentando distraerla pero no lo consigue. La niña nerviosa por encontrarse en un entorno desconocido con alguien conocido pero no habitual no se comunica con el abuelo, hablan el mismo idioma pero no se entienden.

De repente la niña, cansada de la situación y buscando algo de refugio, se sienta en el suelo e ipso facto el abuelo en un movimiento espontáneo se sienta a su lado, y la niña le mira a los ojos y sonríe, ahora si se están comunicando. Imagino que el hecho de tener a tu abuelo sentado a tu lado en el suelo de un tren debe ser ya de por si divertido y añadido a que el abuelo se ponga a su mismo nivel provoca que todo fluya mejor, que comience la comunicación, que comiencen a entenderse. Y comienzan hablar de esa luz verde que esta encendida y que de repente se para cuando el tren también se para y de cómo se vuelve roja y de cómo se abren y se cierran solas las puertas y de lo rápido que pasan los árboles,… hablan, interactúan, se comunican con tanta facilidad que casi se pasan su parada. En un brinco el abuelo se levanta coge a la niña y le indica que botón verde apretar para que la puerta se abra, la niña sonríe, es feliz.

Mientras los veo marcharse agarrados de la mano pienso en marketing y la importancia de identificar y entender la situación, los sentimientos y la motivación de nuestro interlocutor. Pienso, también, en la importancia de comunicar lo adecuado, en el entorno y momento adecuado, mientras no vendes las características de tu servicio y/o producto si no los beneficios y las soluciones que estos le pueden aportar. No vendas hablando tu idioma, soluciona problemas y/o cubre necesidades hablando su idioma.

Llamarlo como querías: psicología, marketing o comunicación, que importa el nombre cuando el resultado es el adecuado.

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